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Focault inicia dando nociones
históricas relacionadas con las temáticas expuestas: principalmente la locura.
No es coincidencia, ni mucho menos un intento por parecer más catedrático… El
contexto francés tiene mucho que contarnos de esto, como si fuera la antesala
del movimiento global del que ahora somos parte. La Revolución Francesa (Siglos
XVIII – XIX) se caracterizó por lo que podríamos mencionar fue un excesivo
entusiasmo en la Ilustración, con principios demarcadísimos: La Razón, la
Igualdad y la Libertad. La primera ya nos dice mucho… La Revolución Francesa,
como movimiento sociopolítico, eliminó completamente acepciones religiosas (que
hasta el día de hoy) están embutidas en nuestra sociedad. Para los franceses de
esa época, el único Dios necesario es el hombre que razonaba: eso lo hacía
inherentemente superior a todo cuanto existía en la faz de la tierra.
El documental
habla del carnaval. Nos vamos un poco más atrás: a la edad Media y recordamos
esta festividad, en la que el descontrol y la locura eran la regla… aunque
fuera sólo un día. Era permitido (esperado, incluso) mofarse de las
autoridades. No sólo caracterizaba este contexto dado, sino que parecía ser la
tónica de la humanidad “más primitiva”, tener lo que para efectos del presente
ensayo mencionaré como “válvula de escape”: un rito, un carnaval, un día
consagrado específicamente a la locura, al sinsentido, al descontrol. De ahí se
desprende un concepto de locura un poco distante al actual: una locura humana,
natural. Potencialidad humana, incluso. No podemos ver sociedades antiguas como
descontroladas o locas, porque no era así: el orden y el control son casi
sinónimos de sociedad, desde la parcelación de oficios y rubros, calles o
barrios, recursos económicos, etc. Lo que sí podemos hacer, y con mucha
holgura, es decir que estas sociedades “primitivas” (sé que he abusado en el
caso de mencionar como primitivas a estas sociedades, lo hago con un afán un
poco sarcástico) aceptaban a la locura como parte de la vida, como vía de
escape, como forma de expresión, muy al contrario de la concepción actual.
Ahora bien, esta concepción se mantiene –un poco oculta en las sombras y
rincones poco frecuentados por las ciencias o la razón citada- ya que, según
postulo, esa noción de locura como potencialidad humana, como parte de su
naturaleza es estrictamente necesaria.
La locura
“sana” cumplía una función específica de ser un punto de fuga en los que las
personas (todas) descargaban todo aquello que era nocivo y que el orden social
les dejaba. Se sacrificaban animales que representen a los reyes o jefes, o el
bufón (hombre deforme) era elegido rey por un día, etc. El orden, más aún
comprendido como control social evidentemente produce diferentes efectos
nocivos: como una fábrica que liberara deshechos diferentes a diferentes horas
del día. Por eso la noción de descontrol: una bacanal, un sacrificio en el que
se devora al animal crudo con los dientes, un rey que es despojado de su
nobleza y por un día es mirado en menos. En resumidas cuentas: la locura era un
tributo a la humanidad misma, usando el descontrol como ajuste a necesidades
del pueblo, emanando en ritos que liberan cargas de la vida social. Ahora,
desde mi punto de vista, y dejando cosas que podrían ser tachadas de salvajismo,
considero tremendamente saludable esta práctica, comprendiendo que el dar
“rienda suelta” a la gente no era sinónimo de algo primitivo, patológico o
incivilizado, sino de todo lo contrario.
Volviendo
al contexto del Termidoriano de la Revolución Francesa, no podemos dejar de lado la exposición de
ideas de Focault referente a la forma en que la sociedad se comenzó a
estructurar. Al parecer muchas de las demostraciones de la época (un Zeitgeist
incluyente de la locura como condición humana) comenzaron a gestar nociones
nuevas. Pasamos de una edad exclusivamente Teocéntrica a una más
Antropocéntrica, más aún en Francia, como explicamos, enfocada en la
racionalidad como “nuevo Dios”. Las ciencias más duras comenzaban a
estructurarse y existía en la humanidad una fe inquebrantable no en una fuerza
invisible, sino que en los mismos esfuerzos humanos. La naturaleza, el
ambiente, lo incivilizado era el caos. El hombre racional podía crear orden, un
orden mejor que el divino, que traería prosperidad a la humanidad completa. La
Francia de esta época fue ícono en este sentido: toda referencia religiosa fue
borrada hasta de los calendarios: fue en este país en el que el hombre se hizo
cargo de todo (o lo intentó siquiera).
Contradecir
al orden y a la razón en la mayoría de los casos conducía directamente a la
guillotina. Así comenzó a estructurarse algo nuevo, un miedo por aquello
diferente, aquello ajeno, que además se condecía muy bien con el inherente
miedo a lo desconocido del ser humano. Según creo, tanto por forma de gobierno
como por proyección de miedos individuales fue que se constituyó “la nueva
locura”, la patológica. Se alimentó la sed de segregación (y de sangre muchas
veces) y la razón usurpó el lugar que otrora usaban los bufones y las bacanales.
La locura se constituyó como algo no deseado, como algo ajeno y finalmente,
como algo que debía ser extirpado, como un miembro mutilado, quizás no
físicamente, pero sí funcionalmente.
Nacen
aquí concepciones diferentes, nuevas de la locura; especialmente aquella del
“loco malo”, el loco asesino en potencia. Son criminales, y qué se hace con
ellos: fácil, se les encierra. Y nace así la idea del manicomio. Es increíble
pensar que una época de iluminación como el renacimiento diera como resultado
un movimiento oscurantista, mientras que el contexto oscuro medieval tuviera
emanaciones casi iluminadas…
La
segregación nacida de dichos contextos vino para quedarse, y hasta el día de
hoy es central en nuestra sociedad. Hay un tercero, otro, que es diferente a mí.
Se viste diferente, habla diferente, vive diferente… consideramos necesario
alejarlo, encerrarlo. No sólo eso, castigarlo incluso. Vemos tanto en la
observación propia como en reportajes en la televisión: hospitales
psiquiátricos, cárceles, hogares de ancianos… casi es indistinguible cuál es
cuál.
No quiero que
se malentienda mi postura o que se sobre-generalice. No es necesario ser
estudiante de psicología o de psiquiatría para saber que ese “loco” perverso
existe, y ha existido siempre. Que hay “locos” psicópatas o sociópatas. Mi
reflexión busca llevar a un ejercicio más profundo, justo quizás en esa delgada
línea que hoy por hoy parece dividir a la cordura de la locura: en ese punto
más ancho de la campana de Gauss. Hay un estigma sobre la locura, haciéndola
exclusivamente patológica, y sin embargo hay algo aún en la locura que cautiva
las mentes, en especial de quienes están más ligados a áreas artísticas o
filosóficas, pues reconocen en ella (en la locura clásica, pre-patológica) un
dejo de genialidad (por eso me di la
libertad de ir incluyendo citas “famosas” sobre la locura en el texto).
¿A qué nos
lleva esto? Comprendiendo a la locura como una amenaza, como una espada de
Damocles personal, como un efecto enajenador constante y a la vez como un castigo
ejemplar no hacemos más que negar, directa o indirectamente, parte de nosotros
mismos. La estructura social no sólo lo permite, sino que ha sido edificada
sobre este precepto. En ese sentido considero más primitiva o rústica nuestra
propia forma de comprender y tratar el fenómeno, que en sociedades en las que
se le daba espacio. No me refiero de ninguna manera a volver a matar gallinas y
a bebernos su sangre en las plazas, sino que a ser efectivamente ilustrados en
ese aspecto. A permeabilizar el concepto, a dejar que impregne un poco a la
sociedad. Los resultados no pueden ser malos: muchos de los “genios” de la
época (artífices de grandes avances y/o obras de arte) han sido tachados en
algún momento de locos (Galileo Galilei, Isaac Newton, Leonardo Da Vinci,
Salvador Dalí, Vincent Van Gogh, Pablo Picasso, Sigmund Freud, Albert Einstein,
etc.)
Pareciera ser
que la locura se haya ligada, de algún modo, al potencial creativo humano. No
la locura patológica, que repito: existe, sino que la locura cotidiana.
Entonces, repito: ¿A qué puede llevarnos este miedo a la locura? A la
castración de nuestras capacidades, me atrevo a decir. Una postura cómoda para
aquellos que ejercen el control social sin duda, ello no debe parecernos
extraño. Desde mi concepción es como si el ser humano, al alienar la locura
rompiera con su propio potencial, dañándolo incalculablemente. Se crean
entonces estructuras y subestructuras sociales que buscan el status quo
constantemente, nosotros adscribimos a ellas y se completa el círculo. El
resultado es que no hay innovación, o esta está previamente disminuida o
castrada: destinada al fracaso en un choque violento con “la realidad”, que es
un nombre bonito para decir estructuras sociales.
Tan malo como
hace al “loco de manicomio” estar encerrado, le hace al alma humana negar su
propia capacidad de enloquecer un instante. Suena fantasioso, pero no es
coincidencia que en aquellas culturas altamente instrumentalizadas o
industrializadas como la japonesa el índice de suicidios sea tan elevado (en
especial suicidios bizarros). Es como si, al fin, la locura temida y reprimida
emergiera pidiendo solamente un último espacio para expresarse, mediante un
acto casi teatral que significará la muerte del actor, pues una vez desatada la
locura no habrá vuelta atrás para este ser en una sociedad que no le permite
ser quien realmente es.







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